Letters to Inter - Nicola Ventola | News

CARTA AL INTER - NICOLA VENTOLA

Mala suerte, goles especiales y muchos recuerdos: el mensaje del exdelantero nerazzurro dirigido a los hinchas del Inter.

Qué duele más: ¿una derrota o romperte el ligamento cruzado?

 

Me he sometido a nueve operaciones en mi carrera. Mis rodillas y mis piernas muestran las cicatrices que han marcado mi carrera y que han cambiado mis características como jugador. Me han hecho perder fuerza, velocidad y explosividad. Me han hecho peor.

Pero déjame que te diga algo. Las heridas en mi corazón son las que más duelen. El dolor de romperte un ligamento pasa, aunque deje daños irreparables. Pero el arrepentimiento de algunas ocasiones nunca se pasa. Siempre vuelve. Es un dolor muy profundo y que te hace decir: estuvimos tan cerca.

Mi madre es profesora de filosofia. Fue ella la que me hizo ser an fuerte. Hay cosas que te pueden hacer daño, pero tienes que enfocarte en el futuro. No es fácil cuando pierdes a tu padre con tan solo 20 años. Pero en esos días tan oscuros, una vez más, fue donde puse los cimientos y la estructura de mi vida y mi carrera. Y me hice más fuerte que las lesiones y las derrotas.

Nunca pierdas el corazón, porque cuando te encuentras ante situaciones de infinita adversidad, lo único que cuenta es el positivismo.

Todo el mundo tiene una habilidad innata. En mi casa todo el mundo se ha graduado y yo iba a hacer lo mismo, aunque a mi ritmo. Pero cuando mi hermano me llevó por primera vez al campo de fútbol, me enamoré de la pelota. Después vino el estadio. Primero el Estadio de la Victoria, después el Estadio San Nicola. Seguí la pasión de mi familia como hincha del Bari y como jugador en sus categorías inferiores.

1994 fue un año increíble. Tenía 16 años y estaba en la final del Allievi Nazionali (campeonato juvenil). Bari vs. Brescia. Nos enfrentábamos a uno de los mejores equipos del que todo el mundo hablaba. Roberto Baronio, Emiliano Bonazzoli, Andrea Pirlo… estos eran algunos de los nombres. Yo anoté de cabeza en el minuto siete, después pusimos a todos detrás del balón a defender y ganamos el título de campeones de Italia. Nuestro equipo era fuerte y dos años más tarde ganaríamos el Torneo di Viareggio.

Ya me entrenaba con el primer equipo. El 6 de noviembre de 1994, Beppe Materazzi, el padre de Marco y entrandor del Bari, me llevó a Florencia y me sentó en el banquillo. Perdimos 2-0, pero me sacó en el minuto 90. Debut en la Serie A con tan solo 16 años. Me cubría un defensa brasileño, Marcio Santos. Me pasé el verano animando a Italia en el Mundial del 94 en EE.UU, sabía perfectamente quién era Marcio Santos. Un campeón del mundo con Brasil, el único lanzador cuyo penalti fue parado por Pagliuca en Pasadena. Salté al campo y enseguida me dio una patada de bienvenida. Les conté a mis amigos durante semanas de esa patada. Iba donde ellos y les decía: “Chicos, Marcio Santos me ha dado un patada”. Era pura felicidad.

Fue la época más bonita. Una época en la que vivía el sueño de cualquier chico joven. Jugaba para el equipo en el que había crecido, el equipo al que amaba. Entré en la historia de Bari con mi gol que nos dio el ascenso, el gol que nos devolvió a la Serie A. Mi carrera estaba en plena marcha. Entonces, frente al Empoli, me topé con mi primer obstáculo en una disputa con Baldini.

Derrepente, todo ese entusiasmo desapareció y fue sustituído por miedo. En aquel entonces la tecnología no estaba tan avanzado como ahora. No sabía lo que me deparaba el futuro.

“¿Qué pasa si el sueño se ha acabado?”, de decía a mi mismo.

El sueño no se había terminado. Empezó una época de recuperación, un camino que se repetiría. Un día no aguantaba más, quería saber dónde estaba. Me fui a comprar un balón de playa y comenzó a dar toques. Echaba de menos el terreno de juego.

Fue en la temporada 1997/98 cuando regresé justo a tiempo para… marcarle al Inter. Un gol vital que nos ayudaría a mantenernos arriba, pero que nos significaba nada para el Inter. Un gol significante. Estaba de vuelta y listo para ser un futbolista y dejé mi huella frente al Inter.

Ronaldo,

Ronaldo, Baggio, Recoba, Zamorano, Kanu, Pirlo, Kallon. Cuando me dijeron que iba a fichar por el Inter pensé: “Seré la opción número 8 del equipo en atauqe?” Llegué y pregunté por el número 78 y el club me ofreció el 11. Entonces lo entendí. Ronaldo 9, Baggio 10, Ventola 11. ¡Si que confiában en mi!

Debuté contra el Skonto de Riga en Pisa. Marqué. Más tarde, cuando íbamos perdiendo por 2-0 frente al Cagliari, Pirlo y yo entramos por Baggio y Djorkaeff. Anoté un doblete inolvidable. Sinceramente, nunca olvidaré ese 2-2.

Un comienzo redondo en el Inter. Y era divertido entrenarme con Ronaldo. Él ganaba a todos. Y después se reía y hacía bromas de ello. No se hacía el importante. Muchas veces les hacía bromas a Colonnese y a West. “Cerrad vuestras piernas, os voy a hacer un caño”. Les avisó, pero después les pasaba el balón entre las piernas. Al final de la sesión le dio por que yo tirara los tiros libres. Le dije: “Ronnie, te tenemos a ti, a Baggio, a Djorkaeff, yo nunca he tirado una falta en mi vida”. Insistió, quería probar una rutina o quizás solo era una broma. Corría hacia el balón, hacía como si fuese a darle con la derecha y me la pasaba de tacón con su izquierda. Era divertido.

Tenía 20 años cuando jugamis en San Siro un partido de Champions League. Inter vs. Sparta de Moscú. Falta a favor nuestra. Ronnie vino a mi y me dijo: “¿Nick, lo hacemos?” ¿Estás loco?, le contesté. “No, vamos a hacerlo. Prepárate”. Ronaldo corrió hacia el balón, hizo que pareciera que le iba a dar el el y me la pasó atrás. Yo armé el disparo con mi pierna derecha y el balón entró por toda la escuadra. ¿Te lo puedes creer? Yo en aquel momento no podía, no pude evitar que me saliera una pequeña sonrisa.

¿Te lo puedes creer? Yo en aquel momento no podía, no pude evitar que me saliera una pequeña sonrisa.

La filosofía siempre me ha ayudado mucho y lo sigue haciendo. Estaba a punto de cumplir mi mayor deseo, el de jugar con mi selección. Zoff ya me había convocado para el Italia vs. Suiza en Udine, el partido en el que Totti dio su debut. Yo estba en el banquillo y con el último cambio, el entrenador puso a Bachini en el campo para que pudiera jugar ante su afición en Udine. Después me vino y me dijo: “Nicola, tu estarás en el once inicial frente a España en Palermo”. Inter vs. Sampdoria, 15 de noviembre de 1998. Me caí como un pescado. No quiero recordarlo. Una lesión de ligamentos, lo que acabaría con mi temporada, mi oportunidad con la selección.

La primera vez que te lesionas eres fuerte, quieres recuperarte lo antes posible. La segunda vez todo se hace más difícil.

Me marché cedido al Bologna, pero fue una mala época. Mi padre estaba enfermo y mis pensamientos siempre estaban con él. Me lesioné tres veces más. Dos en el menisco y una en el tobillo.

No te rindas. Levántate. Comienza de nuevo.

Dos años fuera de Milán. Después volví, a una de las aventuras más increíbles. Una con Cuper, con Ronaldo, Vieri, Recoba y Kallon. El entrenador pidió a los delanteros que trabajaran duro para el equipo. Mimmo  y yo nos compenetrábamos muy bien. Nos sentíamos importantes en un grupo que esperaba a que sus estrellas regresaran.

Nunca se me olvidará el espíritu, el alma y el corazón que puse en este periodo. Y creo que los hinchas del Inrter tampoco se olvidarán de ello.

A los 24 años de edad, habiendo perdido el Scudetto me sentí en mi punto más bajo. Tenía un problema con el cartílago en mi rodilla. Nadie en Italia quería operarme. Veía como se acercaba mi final. Y derrepente, luz al final del túnel. El profesor Steadman iba a Monte Carlo a una conferencia. Tuve una operación artroscópica en Italia con el mero propósito de tener una grabación de mi rodilla. Me fui a Monte Carlo con mi cinta, esperé a Steadman que terminara la conferencia. Se lo mostré, lo miró y me dijo: “70%”.

Tenía un 70% de probabilidades de volver al fútbol. El Inter siempre estuvo a mi lado, se comportaron de una forma excepcional. La operación en los EE.UU. me dolvió al campo, pero no era el mismo jugador ya. Había perdido flexibilidad y velocidad. Pero no había perdido mi mala suerte. Una disputa por un balón en el entrenamiento preparando el partido frente al Crystal Palace me dejó con una fractura en el peroné.

Con los años aprendí a manejar mi cuerpo. A no quejarme, a siempre mirar hacia adelante con una sonrisa en mi cara. Es diversión lo que tratamos de transmitir a los que están en casa en este periodo. No nos cuesta nada. Nos divertimos y con ello entretenemos a otros.

Cuando recuerdo el Valencia 0-1 Inter y mi gol, la roja a Toldo y Farinos poniéndose unos guantes de portero que le quedaban enormes, todo lo que podemos hacer es reirnos. Más adelante experimenté las mismas dificultades como el pobre Francisco, cuando me tuvo que poner de portero en el Torino vs. Lazio. Es mejor que no veas mi intento de parar el penalti de Zarate.

Nicola Ventola

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